lunes, 11 de julio de 2011

Luna.

Luna era una niña-mujer. De cabello y ojos café, solía destacar por su "inteligencia" y su manera de hacer las cosas, tan diferente... Se solía decir que era un tanto tímida y que callaba en su interior fragmentos de historias inimaginables, que nadie nunca había escuchado. A Luna le gustaba estar sola. De muy pequeña, le gustaba armar su castillo ideal y ser la protagonista de sus propios cuentos. A Luna le gustaba estar sola. Armaba su propio restaurant y servía a sus pequeños comensales: sus peluches. A Luna le gustaba jugar sola. Le daba clases a sus amigos imaginarios, que siendo menores que ella, la entendían a la perfección. Luna creaba historias y hacía actuar a sus muñecos. Historias inocentes a su edad... pero de las cuáles jamás se imaginó ser parte cuando creciera. Luna nunca se vio grande. Creció sin motivo, sin razón, pero creció. Y con ella, sus ilusiones se fueron haciendo mayores, hizo promesas, las rompió sin querer, y no se dio cuenta en qué momento dejó de ser la niña mimada para dar paso a la chica que pasaba desapercibida. Aunque esto no duró mucho, a ella le gustaba. Descubrió que le gustaba cantar y no lo hacía tan mal. Nadie se fijaba en sus pasos y hasta llegó a hacer un par de amigos. Buenos amigos. 
Pero todo cambió. Luna se enamoró de la luna. La conoció en una noche frente a una pantalla, digo, frente a una ventana. Poco a poco descubrió la manera de cómo comunicarse con ella y no debió pasar mucho tiempo para que se diera cuenta de lo especial que era. A partir de ese momento, Luna y la luna se unieron y emprendieron un interminable camino, citándose cada noche en la misma ventana de siempre. Luna ya no estaba sola. Luna reía, Luna lloraba. Luna ya no estaba sola. Las historias guardadas vieron la luz de la noche, fueron compartidas y disfrutadas. Luna se entregó totalmente a ese nuevo sentimiento. Luna y la luna crecieron de la mano. Y crecieron mucho más.
Pero Luna no creyó en el final. Sus historias nunca terminaban. Cada una que contaba, daba pie a otra nueva. Pero esta fue la excepción. La luna se veía muy distante, muy diferente. Y Luna no se percató de las cortinas oscuras que compró el destino. La ventana se nubló y las cortinas se corrieron. Luna no lloró. Luna estaba sola. O al menos eso creía. Se cerraron y cubrieron las ventanas, pero las puertas se abrieron de par en par y dejaron entrar un haz de luz. La despedida de la luna no fue más que un sentimiento efímero. Luna fue recogida. Luna recibió sonrisas.
Pero Luna no sabía que sería parte de una más de sus historias. Luna fue tomada a prueba. Dos pruebas. Su destino era diferente al que ella imaginó para sí. El camino esperado no era el indicado. Dos pruebas debía pasar, y el destino no deseado podría alcanzar. Luna se mostró indiferente, no quería, no quería. Estuvo muy a punto de reprobarlas, de mandarlas muy lejos... Pero Luna... se dio por vencida. No pudo más con ella misma y pasó ambas pruebas, sin querer, sin querer. Ya estaba lista. Luna tenía un camino marcado y resaltado, no podría perderse, no había salida. Cabizbaja y sin poder dar marcha atrás, lo aceptó. Pero Luna no quería irse. No quería seguir ese camino de oportunidades, de sueños color rosa, la opción fácil. Ella quería quedarse, quedarse en su mundo de fantasía creado por ella misma, sonreir a los que le sonreían, bailar con los que bailaban, descorrer las cortinas... disfrutar de su cuento.
Luna aceptó, sí. Ya era una mujer. Pero tenía un sueño. Que en ese viaje, mientras camine, no hubiesen ventanas. Y que allí, en el cielo abierto y oscuro de la noche, esté ella. 

 

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