martes, 19 de julio de 2011

Construcciones de barro

Anduviste errante por mucho tiempo, caminos te llevaron por senderos desconocidos y finalmente te encontraste con el lugar, el momento y la situación perfecta para establecerte. Te sentaste en la tierra, dejaste tu mochila de lado y descargaste los implementos necesarios para la faena. Luego de descansar de la larga caminata y de recordar tus pasos, tomaste la tierra húmeda que yacía a tus pies y creaste primero una muralla, que te serviría de base y que daría forma a tu nuevo hogar. Fuiste aumentando el tamaño, la altura de tus paredes. A veces pasaste noches dentro de tu construcción a medio terminar, pero nunca la dejaste a su suerte. Hubieron días de llovizna, de truenos y tormentas, pero ninguna fuerza fue capaz de hacerte desistir. Hiciste tus muros fuertes, imponentes y seguros. Los acabaste, y seguiste con el tejado. Finalmente, tu obra terminó y orgullosamente te dijiste a ti mismo que era lo mejor que habías hecho en años y confiaste que a partir de ahora todo sería diferente. Te estableciste. Y pasaste mucho, mucho tiempo dentro de tu pequeña morada.

Un buen día, día de sol, entró un haz de luz por un agujero que estaba casi en la base de tu casita. Lo miraste con asombro, con curiosidad y luego... con desprecio. Y empezaste a buscar cada pequeño error que existiese en tu gran obra, cada pequeño rasguño, imperfección, orificio. Y en tu afán de perfección, tomaste tierra húmeda y quisiste resanar cada espacio de tu base, usaste más de lo normal he hiciste peso en un solo lado de tu casa. Humedeciste toda tu base... y poco a poco la humedad fue subiendo por tus paredes, hasta llegar a lo más alto de tu obra maestra. Y cometiste el mismo error de siempre. Tu morada fue cayendo, destrozándose a pedazos, lado por lado... Y tú, aún sin comprender el por qué, te quedaste admirando cómo todo a tu alrededor se desmoronaba. 

Menos mal que no viste caer el techo entero, que iba cayendo sobre ti...

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