lunes, 25 de julio de 2011

Echo.

No puedo recordar con exactitud cómo es que llegamos a la mitad de la noche. No sé si fue tu risa al llegar, o tu eterna espera lo que me hizo percatar de tu presencia. Sabíamos que no debías estar ahí, pero aún así lo logramos. Y no importaba más, ni nadie más. Solo el hecho de que estabas allí dentro y nadie te iba a sacar. Tengo que admitir que afuera hacía mucho frío, mucho mucho frío, sin embargo, era mi lugar favorito. Dentro, todo estaba tan oscuro como la noche lo permitía estar y fuera, el aire corría mientras batía mi cabello al pasar. Fue una noche hermosa, aunque solo cruzamos miradas un par de veces. Sé que me observabas, lo podía sentir... Y yo, sentada sobre las piernas de alguien más o tomada de la mano con otro, también lo hacía. Existía una voz dentro de mí que quería llamarte, que te quería más cerca... Pero ya sabes, era un tanto imposible.

Las ganas de saltar no faltaban, de escaparme corriendo, de decirte que nos vayamos ya.
Si tuviéramos las agallas, tan solo faltarían 44 días.

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