martes, 30 de agosto de 2011

Seis.

Dume sentía la presencia de algo maligno acercándose hacia el pueblo, algo más grande que él, algo más grande que cualquier ser conocido. ¿Qué era esta extraña presencia aproximándose sigilosamente por entre las tierras escarpadas que circundaban el pueblo? Los animales del bosque temblaban con el venir de esta criatura, el miedo era visible a través de sus ojos. Pero había algo especial, o mejor dicho, algo extraño en el miedo de las criaturas; pareciese que las criaturas sentían una cierta afinidad al miedo, como si fuera algo familiar a ellos, algo que habían estado esperando. ¿Qué esto que se acerca?

Dume odiaba el pueblo que lo formo, pero a la vez, deseaba protegerlo. Su amor se manifestaba con la distancia, y el pueblo le retribuía su amor con frialdad, la cual, le era agradable por alguna razón. Pero había algo que no encajaba para él en este amor distante-protector. Una incógnita posiblemente formulada por la locura producida por la soledad y los días y noches que pasaba en la intemperie sin ningún tipo de abrigo ni nada que lo protegiera contra las criaturas de la noche. Dume deseaba asesinar, asesinarlos a todos, pero sabía que al matarlos su sed no saciaría y otro tipo de dolencia surgiría, la dolencia de haber matado aquello que amaba. Dume era peligroso, y lo sabía muy bien.

El Gitufo tomo el hacha que pesaba tanto o más que él, lo sujetos a la funda de su espalda, tomo sus abrigos de pieles de Niseratú y emprendió la travesía tras aquella fuerza que amenazaba con diezmar su pueblo, su hogar, su familia, su presa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario